Razón tenía quien sostuvo que en ocasiones la realidad supera a la ficción. En una suerte de Shangrilá, en la tarde del viernes, tras el sopor de la siesta, arramblé con trastos y pertrechos y me dejé caer hacia la costa en busca del aporte vitamínico y mineral que mi dieta semanal encuentra en el pescado propio.
La tarde era calurosa y luminosa, y una leve brisa sacaba brillo a las copas de los árboles, que destelleaban chiribitas. Salí de Toto city con las ventanas del automóvil abiertas a más no poder. En eso, cuando negociaba una curva de izquierdas que discurre entre el barranco y la ladera a la entrada de Pájara (dejemos al margen aquella copla de que "aunque tu padre me dé el barranco y la ladera, yo no me caso contigo porque tienes cagalera"), entonces, digo, con el rabillo del ojo me pareció ver un celaje algo oscurro que se me aproximaba veloz por el flanco izuierdo, que hacía un quiebro y pareció colarse en el sillón de atrás por una de las ventanas y mal se acomodaba con un ruido sordo.
Un pájaro, pensé. Será un pobre pájaro que se coló sin querer y que estará espachurrado ahí detrás. Reduje la velocidad, agudicé el oído y traté de mirar por los retrovisores en busca de más indicios. Silencio, dudas e incertidumbre.
"Miraré atrás al llegar abajo", me dije dando por muerto al bicho o creyendo en una falsa alarma el asunto. Pero el cerebro buscaba la pesca en la mar, después de varias semanas de ingesta de marisco en otros lares.
El sol estaba enfrente, la mar iba bajando y el calor parecía no querer buscar camino. Duro comienzos con el engodo, la caña pesada y la falta de entrenamiento. Pero todo llega en la vida. Uno trajo a otro, luego un par de sorpresas y con la caída del sol ya había peces para comer fresco dos días y congelar para el final de semana. Gracias, Neptuno.
Aliñar las galanas, salemas y el lebrancho, recogerlo todo y dejar unas vísceras para las gaviotas, que siempre hacen compañía cuando uno está solo en el risco. Escalo la cuesta, abro el coche, descargo, me siento al volante y voy a arrancar el vehículo. En esto, que me acuerdo del celaje, el golpe sordo y...
Me bajo del coche, abro la puerta trasera izquierda, busco bajo los sillones un posible, presunto o supuesto cadáver exvolador, por si se me pudriera dentro y el coche quedara apestando para los resto. Pero no hay nada. Alivio. Fue una ilusión, habrá chocado en un lateral y habrá caído a la carretera, y a lo mejor o a lo peor...
Con la mano derecha en la llave a punto de darle al arranque y veo, sobre el salpicadero, frente al sillón del copiloto un precioso, esbelto y elegante pájaro que me mira. Lo saludo feliz con un gesto de la cabeza y un guiño de ojos, giro sigiloso la llave del contacto, bajo la ventanilla con el elevalunas eléctrico y con un ademán de la siniestra lo invito a salir. Y sale volando.
Posdata del Post: Hoy, al subir al coche para venir a trabajar, me acordé del pájaro de Pájara, y miré hacia la ventana, y vi que el animalito, mientras estuvo encerrado en el coche, mientras yo estuve pescando (por espacio de casi tres horas), le dio tiempo a hacer sus necesidades. En ese instante, sin maldecirlo ni nada, me acordé que "al pájaro se le conoce por la cagada".
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No se preocupe por esas cosas, D. Andrés. Tuve oportunidad de leer el comentario canalla y sólo se me ocurre que hay que mantener una cierta distancia con los que no están dotados para otra cosa más que para el insulto. Y recordemos al viejo Cervantes: "Ladran, luego cabalgamos"
Salud
Al parecer, a algún pájaro o pájara no le gusta que uno (o dos, también citó o criticó al de Shangrilá) escriba de lo que la da la gana. El que escribe al dictado tiene varios nombres, también el de 'negro'. Al parecer duele que uno pueda ofrecer una realidad distinta a la que imponen (o pretenden imponer) los grupos de presión. Hay foros suficientes para todo; aunque a algunos o algunas, ya sea por estar parados, celosos, mal empleados, o por estar estresados por sus jefes hasta los mísmísimos, les duela. No daré nombres, pero sí un consejo: Sean mejores personas; Canarias se los agradecerá.
Una historia de las buenas de tu estancia relajada en Fuerteventura. Leyéndola se avivan sensaciones y recuerdos de la vida ahí. Y nos reímos un rato.
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