Los domingos siempre han sido pequeñas cajas de sorpresa en el fondo de las cuales se esconde un regalo.
En mi infancia, el regalo estaba en el sabor de los churros que comprábamos a la salida de misa para el desayuno y en los paseos por la tarde con mis padres, vestidos todos “de domingo”, hasta la plaza de España y el muelle, para ver romper el mar contra los diques y a los barcos alejarse hacia otras tierras.
Leer más »
Sí, sí, ya sé que la Iglesia lo ha eliminado de un plumazo, pero estoy convencida de que el limbo existe. Tiene que haber un no-lugar, fuera del tiempo también, allá por los celajes, al que vayan a parar los propósitos a medias, los amagos, las intentonas, lo imperfecto, lo no terminado.
Leer más »
Una de las preocupaciones que sigo teniendo de mi época de profe es corregir las faltas de ortografía. Oye, es que veo una -en libros, en periódicos, en cartas- y se me van las manos al lápiz rojo sin querer. Es como si viera un basurero en medio de Las Cañadas, un manchón en el cuadro favorito, una cucaracha en el salón: algo que no soportas y que te salta a la vista, lo quieras o no. Todavía recuerdo un “qomo” y un “habéses” en el que es difícil reconocer el “a veces”: 5 faltas de ortografía de una tacada, casi un récord.
Leer más »
No sé si a ustedes les pasa pero a mí por lo menos, de repente, en esta entrada de año, se me están poniendo en huelga los objetos. Y, además, una huelga encubierta, a lo zorrito, tipo controlador aéreo.
De pronto, al reloj se le empieza a caer la cadena. La primera vez fue en la playa. Ves un brillo en la arena y dices: “¡Anda, qué suerte, una cadena de plata igual que la mía!”. Y tan igual. Es la mía. Lo llevas al relojero, te lo arregla, se te vuelve a caer, te lo arregla… y, así, hasta cuatro veces en que te anuncian que se te seguirá cayendo.
Leer más »
Casi todos mis amigos andan ya rondando los 60, y quien más quien menos tiene un achuchón. Daniel, a quien antaño recogíamos para ir a trabajar, zombi pero entero después de una noche de farra y carnaval, dice ahora que sus análisis no le permiten ni una simple comidita con los amigos. Mingo, que tiene su casa llena de naranjos y de un vinito de la zona de Las Riquelas, en La Matanza, que te puedes morir, no puede ni comerlas ni beberlo por problemas de esófago.
Leer más »
Los seres humanos somos unos optimistas de tomo y lomo porque, si no, no se explica ni que compremos lotería ni que hagamos tantos brindis de cara al futuro cada vez que estamos en copas, sobre todo en estas fiestas.
Leer más »
Cuando aún no me había jubilado y me hacían la consabida pregunta: “Y ahora, ¿a qué te vas a dedicar?”, a veces contestaba que al huerto y al jardín. Nada más casarme me compré una enciclopedia por fascículos que se llamaba “Plantas y flores” y me la leí de cabo a rabo por si alguna vez tenía un jardín. Con los años tuve el jardín pero no el tiempo para cuidarlo. Parecía que ahora había llegado el momento ¿no? Pues no.
Leer más »
Hace poco oí en la radio a una escritora que había visto escrita en una pared esta frase, “Lluevo”, así en primera persona. A ella le parecía la esencia del microcuento, pero para mí es la perfecta metáfora de mi condición de llorona.
Leer más »
La imaginación es la loca de la casa y una fuente de historias que nos entretienen la vida. Antes de llegar a Playa de San Juan hay un muro con un graffiti que dice: “Siento mucho lo que hice”. Y, luego, regados por los muros vamos leyendo: “Lo siento”, “Lo siento”, “Oh, Dios mío, lo siento”. Probablemente lo que le hizo, suponemos que un chico a una chica, sean unos cuernos esporádicos, pero cada vez que lo vemos nos inventamos una historia cada vez más truculenta y, a veces, competimos a ver quién se imagina la barrabasada mayor.
Leer más »
En una tierra tan pachorruda como la nuestra en la que hasta su himno oficial es un arrorró, hablar del estrés parece un contrasentido. Pero haberlo, haylo.
Cuando yo estudiaba en Madrid, desde el año 67 al 71, los primeros días siempre me pasaba de parada en la guagua, porque, mientras esperaba a que parara completamente, me levantaba y llegaba a la puerta, la guagua ya había arrancado y volaba a la siguiente parada.
Leer más »