Llevo trabajando veintitrés años en el mismo lugar, un edificio muy especial y lleno de encanto de la ciudad de La Laguna, en Tenerife. Su estructura conserva muchas maravillas y, aunque no sea de las más llamativas, hay un patio, al estilo del atrium de los romanos, pero con el techo completamente abierto, muy especial para mí.
En el lugar que debería ocupar en una casa romana el impluvium, un pequeño estanque para recoger el agua de lluvia, hay un cuadrado de tierra con un árbol, un tilo americano (tilia americana L.). Ese árbol ha acompañado todos mis días de trabajo durante estos veintitrés años y lo considero un compañero. Cada año he ido viéndolo evolucionar desde las ramas secas del invierno al follaje espléndido que muestra en el verano y he querido reflejar aquí, como un homenaje, esa evolución.
Muchas veces, en reuniones de trabajo que celebramos en una sala anexa, me interesa más ver los cambios que ha sufrido el árbol desde la última vez que lo que se trata en esas reuniones largas y a veces desagradables. El árbol, a través de la ventana abierta que tengo delante, es entonces un asidero que me transporta fuera del recinto y me lleva a un mundo vegetal relajante y esperanzador de armonía natural.
Cuando me vaya echaré de menos el árbol y volveré por allí con frecuencia a verlo seguir su ciclo, paralelo al mío.
Comentarios
Diossss, cómo pasa el tiempo. Yo me acuerdo de tu primer día (¡Qué horror!¡Qué vieja me siento!) y han pasado 23 años. ¿Te has dado cuenta de la cantidad de "vida" que has regado, podado y abonado (entre ellas, la mía)? Puede que ese árbol también te eche de menos cuando se vaya.
Espero no haberme pasado con la poda, dra. Jomeini, aunque por lo que se ve has retoñado adecuadamente. Besos.
Precioso y original post, sagitta. Me quedé boquiabierta mirando la secuencia fotográfica, un buen trabajo. Saludos
Gracias, Ancaria; me animas a seguir. Un abrazo.
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