Hubo capilla ardiente y funeral en aquella fría mañana del mes de febrero en el Tanatorio. Tenía previsto un encuentro con una mujer que años antes me habían presentado, así que, al no verla cuando entré, me senté en una de las sillas de madera y esperé a que llegara. La mañana se volvía gris y gotas de lluvia pequeñas empezaban a resbalar por las enormes cristaleras que daban luz a la habitación. Mi cita llegó veinte minutos tarde y, cuando lo hizo, quiso pasar desapercibida entre la multitud. Le gustaba hacerlo odiaba las aglomeraciones y los vítores y los aplausos. Le recordaban a aquella época en la que trabajó como costurera en Madrid en medio de manifestaciones estudiantiles y revueltas de todo tipo en una España cutre y mediocre, donde lo único que destacaba era la música, la cultura y el cine.
Cuando llegó pude ver como llevaba el pelo recogido y los ojos dormitando entre una fina capa de rímel. Los labios cerrados, me impidieron ver aquella amplia sonrisa que años antes me había regalado. Estaba cansada me dijo, así que decidió acostarse en una cama con sábanas de seda blanca y su vestido de domingo, el mismo ritual que hacía cuando niña en Arriate, su pueblo natal, la misma forma de juntar las manos y colocarlas sobre el pecho, como queriendo esperar una amnistía por todo aquello que había hecho o dejado de hacer.
Mientras apoyaba la cabeza sobre el hueco de la almohada, me volvió a hablar y empezó a contarme el vicio epistolar que mantuvo durante los años del franquismo con el amor de su vida. Él estudiaba económicas en la Complutense en el 68, una época difícil en la que la voz de un joven Raimón pasó a ser la voz de miles de estudiantes inconformistas y rebeldes, primos hermanos de los revolucionarios franceses y americanos y alemanes que ese Mayo del 68 pusieron a los políticos europeos entre la espada y la pared y que al final terminó diluyéndose como una pompa de jabón.
De improviso y mientras seguíamos charlando, irrumpió en nuestra conversación un ruido de cascos de caballo. La gente seguía llegando al Tanatorio y mi cita, en susurros, me preguntó a qué venía aquel brotar de lágrimas, aquellos abrazos sonoros, aquellos cuerpos enlutados. No le supe contestar, o tal vez no quise hacerlo, así que le pregunté si había algo después de la muerte y me contestó que ella creía que no y que probablemente tampoco hubiera nada antes de ella.
Me invitó a tomar una copa de vino a solas. El vino me supo a madera de nogal. Mientras apuraba la copa, limpiándome las manos en una servilleta, llegó el cortejo oculto entre unos cortinajes violetas que había en un lateral de la habitación. Entonces, ella se levantó apoyándose en los hombros de unos familiares que también habían venido, envuelta en aromas de jazmín y crisantemos y aquel perfume a hierba fresca que años antes había alimentando nuestra amistad empezó a pudrirse, a oler a tierra seca y escayola y a tinta de periódico gastada. Me despedí de ella sin quererla molestar, dándole un beso en la mejilla fría como el hielo. Me puse la chaqueta, me ajusté el nudo de la garganta y empecé a llorar.
Comentarios
Magnífica redacción. Un ejercicio bellísimo. Enhorabuena
Muchas Gracias
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