"Cuento urbano
Érase una vez dos hermanas gemelas, hijas de un biólogo austríaco, que vivían felices quitando hierbitas y bichitos del suelo de su jardín. Comían chirimoyas, en el desayuno, cogidas del árbol mágico que estaba al lado de la cocina; regalaban limones a sus vecinos del árbol que quedó fuera del muro lindante y enseñaban los cuadros pintados por su hija y los iconos rusos que guardaban celosamente en el salón.
Vivían en el paraíso, que es un trozo de jardín de la calle de las Cruces número 21. Pero por ley de vida estas dos buenas hadas se fueron para siempre y llegaron los hombres de hojalata, que todo lo transforman y sellaron las ventanas con ladrillos para evitar inquilinos no deseados. Ya no se podan las palmeras, ni se cuidan las chirimoyas, ni se riegan los limoneros a pesar del pozo del fondo del jardín. Las zarzas son tan grandes, han crecido tan altas, que casi tapan todo el espacio del jardín.
A todos nos da tristeza ver ese espacio, esperando ver entrar la excavadora que ha de encontrar agua freática y lo convertirá, como es natural, en un edificio de viviendas. Cualquier cosa antes de verlo abandonado, descuidado, lleno de palomas y ratones. Aún me acuerdo de las dos ancianas que lucharon, día a día, por la supervivencia de su naturaleza vegetal.
Cábala".
Me pasaron esta emotiva historia y me causó impacto. Pedí permiso a unos vecinos y entré en sus casas para ver qué pasaba en lugares cercanos al que se refiere el relato. Una anciana de más de noventa años observa, diariamente, un desolador paraje detrás de los cristales que en una vivienda interior, moderna y de calidad, sólo tienen la vista de los patios interiores como referente.
Una empresa constructora que ha de esperar mejores momentos, acaba de tapiar puertas y ventanas del piso bajo, pero no limpió la espesa vegetación. En cualquier verano, como la del espacio que ve la señora de noventa, puede arder como yesca en un descuido
No salía de mi asombro. Las traseras de la calle Cabrera Pinto, en La Laguna, acaban en las traseras de Quintín Benito y mientras que para unos los patios interiores son lugares de vida y de ajardinamiento cuidadoso y mimado, para otros la desidia, la incultura, el abandono, la ignorancia y el olvido más absoluto son la constante diaria.
Aquella señora de más de noventa años contempla coches abandonados, cacharros, cajones vacíos y volcados, casas arruinadas, azoteas con despojos; suciedad, riesgos, inmundicia de dos solares que, de momento, no serán construidos porque además de cualquier rutina municipal que no permita comenzar las obras, la situación económica en la que hemos entrado va a impedir una pronta solución a tamaña injusticia.
Al otro lado, en la casa que el cuento de Cábala me trasladó, sucede otro tanto. Un hermoso jardín, abandonado hace años, donde la zarza crece y crece, cubriendo todos los espacios y la arboleda; una palmera ha nacido pegada a una vivienda medianera y la afecta; un viejo chalet con las ventanas y puertas deshechas, que fue ocupado por unos jóvenes sin techo, que la consideraron oportuna. Los nuevos propietarios, al parecer una empresa constructora que ha de esperar mejores momentos, acaba de tapiar puertas y ventanas del piso bajo, pero no limpió la espesa vegetación. En cualquier verano, como la del espacio que ve la señora, puede arder como yesca en un descuido.
Los alrededores tampoco se salvan de inventos y abandonos, de modos rutinarios de vivir descuidadamente. Casas próximas muestran chatarras, jardines abandonados, desconches por cualquier lado; azoteas cargadas de inmundicia. Éste es el límite del casco histórico y me atrevería a decir que es patrimonio del desorden de la humanidad, del abandono. Descuido de las casas cerradas con jardín o patio interior abandonado.
Y sólo es la punta del iceberg de lo que puede suceder en el resto de La Laguna, donde más de doscientas casas cerradas, arruinadas, abandonadas, desprotegidas y cargadas de viejas rutinas y de espacios víctimas del síndrome de Diógenes, propician la existencia de roedores, de insectos, de palomas que anidan y mueren y estercolan salones y balcones, que producen o pueden producir afecciones pulmonares graves.
Habrá que pedir urgente remedio a la administración, para que los propietarios revisen sus propiedades abandonadas. Nadie tiene por qué sufrir las consecuencias de la dejadez de otros. Es una cuestión de ética, de solidaridad, sencillamente de cultura social. Es posible que algún día veamos los problemas resueltos; de lo contrario todos lo lamentaremos.
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