
Era un Chevrolet de nueve asientos con pocos kilómetros que trajeron dos empleados del señor Mendoza para una puesta a punto. El jefe no estaba en ese momento, así que les dije que lo dejaran en la calle. El más bajo, de aspecto rudo, me tiró las llaves a la cara y me dijo que el coche tenía que dormir en el taller. Esas son las órdenes. El otro tipo se echó mano al cinturón, por si quedaba alguna duda. No quedó ninguna duda. Eché el cierre y me fui a casa.
A la mañana siguiente los encontré fumando en la entrada. Les di los buenos días y el más alto escupió al suelo. Luego me empujó y volvió a echarse mano al cinturón, como si su resolución estuviese atada a su cintura. Aún así pude ver al jefe discutiendo con el señor Mendoza cerca del foso. Parecía llorar, el jefe. Y realmente me dio pena, allí de rodillas, como si le implorase al señor Mendoza. Todavía estaba yo en el suelo cuando salió del taller con su impecable traje blanco y su sombrero de ala ancha y se sentó al volante del Lotus descapotable azul marino. Me miró con desprecio y se marchó a toda velocidad.
Entre sollozos, el jefe me explicó la tarea. Además de ponerlo a punto, teníamos que desmontar los sillones traseros y pintarlo de negro. Lo normal, pensé. Por eso no entendí que el jefe siguiese gimoteando cuando me pedía la llave del doce, o que se desmoronase bajo el capó al revisar el filtro del aire.
A la hora del almuerzo volvió el señor Mendoza con sus hombres. No parecía muy contento por como avanzaba el trabajo. Hacemos lo que podemos, dije yo, y el puñetazo que recibí me hizo perder el sentido. Cuando desperté ya se habían marchado y el jefe rezaba el padre nuestro mientras desatornillaba el último sillón. Le pregunté qué había pasado, y él sólo hablaba de limpiar sus pecados, y de que jamás le había fallado al señor Mendoza, y de que cómo podía hacerle esto a él y de que es increíble lo que puede llorar un hombre. Colocamos los protectores a los cristales y pintamos de negro el enorme Chevrolet del señor Mendoza. Al terminar el trabajo no hicimos como otras veces que nos sentábamos en las dos únicas sillas grasientas del taller a disfrutar del merecido descanso, no. Esta vez el jefe se metió en su pequeña oficina y siguió llorando desconsoladamente sobre la mesa. Yo encendí un cigarro, cogí una cerveza bien fría y me senté solo ante el brillante Chevrolet que una vez tuvo nueve asientos.
No eran las siete de la tarde cuando aparecieron los hombres de Mendoza. Los oí aparcar a la entrada del taller, y aunque no tenía ni idea de lo que estaba pasando, esta vez fui rápido y me escondí en el foso. En ese momento aparecieron con la caja de pino y fue cuando me di cuenta de todo ¿Y usted me pregunta si vi algo? Pues vi cómo la arrastraban por el suelo y la dejaban junto al coche, vi cómo sacaban a mi jefe que lloraba y pataleaba como un niño, vi que llegó el señor Mendoza y le hizo ponerse de rodillas, vi cómo mi jefe suplicaba su perdón, vi cómo sacaba la pistola de la funda y vi cómo sus sesos salpicaron el impecable traje blanco. Luego metieron su cadáver en la caja y la cargaron en el recién terminado coche fúnebre ¿Y usted me pregunta si vi algo? Yo, desde el foso, lo vi todo señor inspector.
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Comentarios
Pero coño, ¿por qué lo mato? ¿En qué le habia fallado el jefe del taller al señor Mendoza?...
sagitta
Uno al foso y otro a la fosa; me encantan tus relatos. Hasta el lunes.
Gracias otra vez, sagitta. Nos vemos el lunes.
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