Vaya por delante mi admiración y solidaridad con las maestras de mis nietos y sus congéneres, que tienen por misión meter en vereda a tan tiernos infantes. Para ello emplean una serie de trucos tan eficaces que incluso me he preguntado alguna vez si serían exportables a Secundaria.
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Mis primeros primeros días de clase los recuerdo envueltos en el olor a cuero nuevo de un maletón beig que llevaba, a lápices sin estrenar y a libros recién salidos del horno. El primero de todos, a los 6 años, ya mi madre me había enseñado desde los 3 a leer y a escribir y no fui insegura, como mi hermano, más pequeño, que se pegó una llantina a la puerta del colegio, aullando “que yo no sé ni la ‘o’”
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Terminó el curso, se marcharon los chicos con los que he compartido cuatro horas a la semana en el curso durante dos años y me queda la pena de no volver a verlos. Vivimos en la misma ciudad, pero cuando dejan el instituto a algunos no vuelvo a verlos nunca. Se fueron Estefanía, Patricia, Alberto, Alba, Laura, Diego, Aurelian (el único Aurelian que he tenido en mi vida), y volverán otra Patricia, otra Estefanía, Otro Alberto, otra Laura, otro Diego: nuevas almas y nueva vida que sigue sumándose a la mía.
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