Los domingos siempre han sido pequeñas cajas de sorpresa en el fondo de las cuales se esconde un regalo.
En mi infancia, el regalo estaba en el sabor de los churros que comprábamos a la salida de misa para el desayuno y en los paseos por la tarde con mis padres, vestidos todos “de domingo”, hasta la plaza de España y el muelle, para ver romper el mar contra los diques y a los barcos alejarse hacia otras tierras.
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En un comentario anterior dije que la infancia es la raíz de lo que uno es. La mía fue una infancia feliz en la calle del Pilar, en Santa Cruz, en donde viví en los años 50 desde los 2 a los 12 años.
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África es el continente que más niños soldados recluta. Esta lacra social es uno de los grandes retos que la comunidad internacional tiene que afrontar. Algunas organizaciones no gubernamentales estiman que entre 300.000 y 500.000 menores son utilizados en conflictos
armados.
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Hay cabalgatas y cabalgatas. Cuando era pequeña, yo no sé si era porque todo en esas edades parece mayor (las distancias, las calles, las casas), pero recuerdo unas cabalgatas regias, con carrozas lujosas, unos Reyes elegantísimos y enjoyados que me miraban a la cara (o eso me parecía) como si me conocieran, las calles llenas de luces y color y de gente, muchísima gente que me hacía sentir miedo de perderme; me aferraba a la mano de mi padre y después de la cabalgata volvíamos a casa deprisa, con los nervios de acostarnos antes de que los Reyes llegaran.
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En las noches de aire limpio se pueden ver al bajar de La Laguna a Santa Cruz las luces que marcan el arco dorado de la playa de enfrente. El mar me gusta en todas sus manifestaciones, pero hay una playa, esa playa, de la que conozco cada rincón, cada remolino, cada peña, el olor, la transparencia única del agua en su orilla, el tacto de su arena. Cuando pienso en mi playa se suceden las sensaciones como si de nuevo estuviera allí.
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