Ya lo decía Marilyn Monroe: “El mejor amigo de una chica es un diamante”. Y mi nieta parece haber recibido a través de los celajes sus enseñanzas porque mira que le gusta un pedrusco, cuanto más brillante, mejor. Ya me ha dicho, autoadjudicándose la herencia, que “Aba, todos tus collares, anillos, pendientes y pulseras son para mí cuando sea mayor”. Hay que ver, tan chica y ya tan espabilada.
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Primer momento: estoy con mis padres, muy pequeña, de visita en casa de Doña Benita, la hermana de un cura de La Palma. La señora me da una galleta y mi madre me dice, rápida: “¿Qué se le dice a Doña Benita?” y yo contesto: “¡Quiero más galletas!”.
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Con el destape de la caja de los truenos ocurrido en la isla estas últimas semanas, el tema del tiempo se ha convertido en uno de los más socorridos. La señora que me ayuda en la casa, nada más entrar por la puerta, ya me va dando el parte meteorológico desde Geneto a Tegueste con pelos, señales, lloviznas y vendavales. Incluso últimamente amplía el tema y ya me habla hasta de las nevadas de Washington.
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Mi amiga Cae, una persona inteligente y creativa, con la que compartí en los años mozos merendolas, confidencias e interminables horas de estudio, tenía un punto débil: el latín. En cuanto le decían algo así como “Caesar cohortes ad hiberna misit”, ella abría mucho los ojos, se quedaba mirando fijamente a la profesora y ponía lo que enseguida bautizamos como “cara de latín”.
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Todos somos mandones y mandados, pero, con el corazón en la mano, tenemos que confesar que lo que verdaderamente nos gusta es mandar. Esa imagen del maharajá en la tumbona, con un esclavo abanicándolo y ordenando que los demás trabajen por y para él, es en realidad lo que siempre hemos tenido en mente y no decíamos cuando, de pequeños, nos preguntaban que qué queríamos ser de mayor.
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Los domingos siempre han sido pequeñas cajas de sorpresa en el fondo de las cuales se esconde un regalo.
En mi infancia, el regalo estaba en el sabor de los churros que comprábamos a la salida de misa para el desayuno y en los paseos por la tarde con mis padres, vestidos todos “de domingo”, hasta la plaza de España y el muelle, para ver romper el mar contra los diques y a los barcos alejarse hacia otras tierras.
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Sí, sí, ya sé que la Iglesia lo ha eliminado de un plumazo, pero estoy convencida de que el limbo existe. Tiene que haber un no-lugar, fuera del tiempo también, allá por los celajes, al que vayan a parar los propósitos a medias, los amagos, las intentonas, lo imperfecto, lo no terminado.
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Una de las preocupaciones que sigo teniendo de mi época de profe es corregir las faltas de ortografía. Oye, es que veo una -en libros, en periódicos, en cartas- y se me van las manos al lápiz rojo sin querer. Es como si viera un basurero en medio de Las Cañadas, un manchón en el cuadro favorito, una cucaracha en el salón: algo que no soportas y que te salta a la vista, lo quieras o no. Todavía recuerdo un “qomo” y un “habéses” en el que es difícil reconocer el “a veces”: 5 faltas de ortografía de una tacada, casi un récord.
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No sé si a ustedes les pasa pero a mí por lo menos, de repente, en esta entrada de año, se me están poniendo en huelga los objetos. Y, además, una huelga encubierta, a lo zorrito, tipo controlador aéreo.
De pronto, al reloj se le empieza a caer la cadena. La primera vez fue en la playa. Ves un brillo en la arena y dices: “¡Anda, qué suerte, una cadena de plata igual que la mía!”. Y tan igual. Es la mía. Lo llevas al relojero, te lo arregla, se te vuelve a caer, te lo arregla… y, así, hasta cuatro veces en que te anuncian que se te seguirá cayendo.
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