Los domingos siempre han sido pequeñas cajas de sorpresa en el fondo de las cuales se esconde un regalo.
En mi infancia, el regalo estaba en el sabor de los churros que comprábamos a la salida de misa para el desayuno y en los paseos por la tarde con mis padres, vestidos todos “de domingo”, hasta la plaza de España y el muelle, para ver romper el mar contra los diques y a los barcos alejarse hacia otras tierras.
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Esto de hacer regalos es como el hígado: hay gente a la que le encanta y hay gente que lo odia. De este segundo grupo es una autora de principios del siglo pasado, Elizabeth von Arnim, de la que hace poco leí una novela autobiográfica, “Elizabeth y su jardín alemán” (se la recomiendo a aquellos a los que les gusten los jardines). En ella cuenta que regaló a una amiga una palmatoria de bronce y la amiga a ella un cuaderno.
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