
Querido sastre:
Carmen dice ahora que su marido ya no está, que se fue. La encontré el otro día en la calle El Bufadero cuando la brisa recorría bajito su asfalto intentando hurtar el fresco que viene del mar al calor abrasador, repartiéndolo entre los cuerpos y las almas que viven aquí, llevándoles un respiro. Lo curioso es que yo vi al desaparecido, Alfonso, caminando hace poco con su ahora mujer apesadumbrada. Pero ella insiste, que aunque se le vea, ya no está.
Recuerda esta luchadora incansable, destacado emblema de las pymes de Shangrilá, que un día él dejó este mundo, dejó de verla cuando la miraba y de oírla cuando la escuchaba. Dejó de sonreír como lo hacía cuando, al llegar del trabajo, olía el confortable aroma de su casa, la fragancia dulce de ella al darle un beso. Y, a pesar de que nunca fue muy hablador, Carmen explica que un silencio grande la sigue desde entonces. Que, aunque el hombre nunca cantó ni le gustó demasiado el ruido, ahora se siente como en un tanque de agua profunda al que los sonidos de la vida no logran llegar, sólo son un murmullo lejano y sin sentido. Todo, desde que algo de él falta.
Aún así, lo intenta. Conecta la tele y entabla largas conversaciones para ver si lo encuentra y recupera su añorada sensación de compañía, pero no aparece. Canturrea canciones de Olga Ramos y Los Huaracheros, pone el bolero que les gustaba bailar para engañar a esa soledad, a ese vacío que ahora la rodea oprimiéndola… y nada. Sólo bellos recuerdos acuden, entrañables, que le devuelven por momentos el sentimiento de hogar que siempre habitó, la confortable sombra bajo la que tantas veces se guareció. Y eso le hace añorarlo más.
No sabe si él regresará, pero seguirá luchando contra esa pena sorda que ahora va con ella de noche y de día, que hace que al mundo le falte algo que nunca antes lo había abandonado, un leve, brillante e insustituible tintineo tal vez. Por eso se empeña en poner cascabeles en todos sus conjuntos, en que una mirada la vuelva a seguir cuando va de aquí para allá. Le da igual que no se vean pero tienen que sonar, así que te visitará.
pucapuma@yahoo.es
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Comentarios
A mi abuela le pasó lo mismo con mi abuelo y lo que tenía él era un problema de oído, así que no va ella descaminada con lo de poner cascabeles, pero más bien tendría que mandarlo al otorrino. También puede ser que el hombre se haya vuelto muy suyo.
Genial, como siempre, J.R.
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