
Siempre fue muy alto para la media de los chicos de
su barrio, pero tiene otras virtudes que lo caracterizan. Su vida ha sido y es
un continuo ir y venir de recuerdos, aquellos que le han ido trayendo las canas
y algún que otro achaque. Han pasado muchos años y se ha ido convirtiendo en un
inquilino asiduo de la Plaza del Adelantado. Algunos amigos suyos han ido
muriendo y otros siguen acompañándolo, apoyados la mayoría de ellos sobre
bastones de madera, a tomarse un café en el bar de la esquina. De cerca,
adquiere una naturalidad que a veces desconcierta, mueve las manos sin parar
cuando habla y de vez en cuando, mientras lee el periódico, se enciende un
cigarrillo de tabaco negro. Por eso, cuando uno va a abordar toda una vida y se
va a meter, como un intruso, en el pellejo de otro, no tiene más remedio que
asustarse y sentir un profundo respeto.
Sin embargo, sigue despertando, y tal vez sin que él se de cuenta, la sensación de que uno se halla ante un adolescente inquieto. Es la sensación que
da cuando lo ves caminar y gesticular. Sus hombros son anchos y cuando sonríe se le llena la cara de trincheras. Habla de libros, de sus hijos -"Esta tarde
me toca con mi hijo el mayor"- y de lo revuelta que está la política. Todo eso
se vislumbra cara a cara y muy de vez en cuando tiene la manía de darle vueltas
a un anillo de oro que tiene en el dedo anular de su mano derecha, buscando un
refugio o tal vez un recuerdo o simplemente es un gesto.
Tiene por costumbre
tomar aire y esperar unos segundos antes de hablar. Mide muy bien sus palabras
y cuando lo hace fluyen de manera ordenada, sin temblarle la voz. Es una voz
profunda que sobresale de la del resto de sus amigos. Tras las gafas de pasta
dura que empañan una cierta belleza, se intuyen unos ojos grandes, devoradores.
En un momento dado se sienta en uno de los bancos que rodean la plaza y mira su
reloj de cadena viendo como el tiempo sigue pasando de largo y llega el
silencio. Quiere romperlo y carraspea. Saca un pañuelo bordado con su nombre
del bolsillo derecho de su chaqueta de ante gris, se suena y lo vuelve a
guardar doblándolo de la misma forma que lo sacó. Muchas veces se entretiene
mirando alrededor de la plaza, como queriendo buscar otra cara conocida que
mitigue la monotonía de todos los días y lo evada de la realidad que le ha
tocado vivir. Es un hombre metódico y ensimismado, pero hablador; si le
preguntan algo, contesta.
La experiencia indica que casi todo ha pasado antes
y casi todo va a volver a pasar. Hay en su mirada una sensación de olvido, de
lástima, y huye del estigma de sentirse culpable por haber sobrevivido a los
abuelos de las nuevas generaciones. Al cabo de un rato y cuando la plaza
empieza a quedarse vacía de septuagenarios, enrolla el periódico, se lo pone
bajo al brazo y empieza a descender por la misma calle que lo volverá a traer,
mañana, al mismo banco de todos los días.
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